Mensaje del Presidente de la República con motivo de la conmemoración de la victoria del 8 de mayo de 1945 [fr]

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Este 8 de mayo no se parece a un 8 de mayo.
No tiene ese sabor a fiesta.
Hoy, no podemos juntarnos muchos delante de los monumentos de nuestras ciudades, en las plazas de nuestros pueblos, para recordar juntos nuestra historia.
Aun así, la Nación se encuentra con el pensamiento y los miles de vínculos que nuestra memoria colectiva crea entre cada uno de nosotros, ese tejido de pueblos que agitamos en este día de homenaje silencioso.

Es en la intimidad de nuestros hogares, empavesando nuestros balcones y ventanas, que convocamos este año el glorioso recuerdo de aquellos que arriesgaron sus vidas para vencer la lacra del nazismo y reconquistar nuestra libertad.
Fue hace 75 años.
Gracias a ellos, nuestro continente cerró el capítulo más oscuro de su historia: cinco años de horror, dolor, terror.

Para nuestro país, esta lucha empezó en septiembre de 1939.
En la primavera de 1940, hace 80 años, la oleada enemiga se apoderó de las fronteras del noreste, y el dique de nuestro ejército no aguanto.
Y eso que nuestros soldados se distinguieron en numerosas ocasiones. Los de Montcornet, de Abbeville, de Gembloux o de Stone, los hombres de Narvik, los cadetes de Saumur, el ejército de los Alpes, defendieron con todo el vigor nuestro territorio, ondeando la bandera de nuestro país.
Son «los del 40». No debemos olvidar su valentía.
En el crepúsculo de esta «extraña derrota», encendieron antorchas. Su resplandor fue un acto de fe y, en pleno hundimiento, dejaron despuntar la promesa del 8 de mayo de 1945.

Estos nuevos albores se conquistaron después al precio más alto mediante la lucha de los ejércitos franceses y de los ejércitos aliados, por los Franceses Libres que jamás renunciaron a luchar, por la abnegación y el sacrificio de los miembros de la Resistencia del Interior, por cada francesa, cada francés que rehusó la humillación de nuestra nación y el desvío de nuestros ideales.
La gran alianza de estas valentías permitió al General DE GAULLE sentar a Francia en la mesa de los vencedores.
La dignidad conservada, la adversidad superada, la libertad reconquistada, la felicidad recobrada: se lo debemos a todos aquellos combatientes, a todos aquellos miembros de la Resistencia.
A esos héroes, la Nación les expresa su inquebrantable gratitud y su eterno reconocimiento.

El 8 de mayo de 1945, fue una alegría conmocionada la que se apoderó de los pueblos. Las banderas adornaban las ventanas, pero tantos hombres habían muerto, se rompieron tantas vidas, tantas ciudades fueron devastadas. Al alborozo le siguió la tristeza y la aflicción. Con el regreso de los Deportados, los pueblos pronto descubrieron la barbarie nazi en todo su horror.

Nada volvió a ser como antes, nunca más.
Al revelarse la fragilidad de nuestras vidas y de nuestras civilizaciones, éstas se volvieron aún más valiosas. Tras esa larga noche que había atravesado el mundo, la humanidad tenía que levantar cabeza. Acababa de darse cuenta, horrorizada, de que podía aniquilarse a ella misma y ahora tenía que rehacer el mundo, hasta los cimientos, o al menos «impedir que el mundo se deshaga», en palabras de Albert Camus.
En Francia, llegó la hora de la unión nacional para crear «los días mejores» que anunció el Consejo Nacional de la Resistencia y que se recobrarían pronto.
La hora, en Europa, del esfuerzo conjunto para construir un continente pacificado y fraternal.
La hora, en el mundo, de construir las Naciones Unidas y el multilateralismo.

Hoy, por supuesto, conmemoramos la Victoria de aquel 8 de mayo de 1945, pero también, pero sobre todo, la paz que siguió.
Esa es la mayor Victoria del 8 de mayo. Nuestro mayor triunfo.
La lucha de todos nosotros, 75 años más tarde.

¡Viva la República!
¡Viva Francia!

Emmanuel MACRON

(Fuente : presidencia de la República francesa

(Traducción de cortesía de la embajada de Francia en Madrid)

Última modificación: 08/05/2020

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